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La juerguista mordaz: vendedores de entradas/promotores

La cínica residente de Spotlight se atribuye sus primeras víctimas de 2012 al abatir a los vendedores de entradas con las armas del sarcasmo, la metáfora y las alusiones a la cultura popular. Podrías ser el próximo…


By Spotlight

Aparentemente son igual que tú y que yo. Podría ser tu vecino, tu hermana, tu perro. Se abalanzan sobre ti cuando menos te lo esperas, cuando los estás viendo venir, pero también en cualquier otro momento. Da igual que te metas por un tranquilo callejón que te encontrarán y acabarán contigo, digo, hablarán contigo. Te hablarán.

Podrían estar bajo tu cama ahora mismo.

No me malinterpretes, los vendedores de entradas son buena gente. Más de la mitad de la gente que trabaja aquí durante la temporada de verano son promotores debido a que no les queda más remedio. Necesitan sacarse bastantes comisiones para poder comprar alcohol, anticonceptivos y comer en el Burger King y, por lo general, tratan de dedicarse a ello siendo simpáticos a más no poder. El problema es que al igual que la población de la isla crece en verano como una molesta picadura de mosquito, en la misma medida aumenta la cantidad de promotores que proliferan hasta niveles parasitarios. Es la clásica situación de El mundo perdido: Parque jurásico II, niña ve a bebé dinosaurio muy mono y le da de comer pan. Se presenta un segundo bebé dinosaurio y también es muy mono. Entonces, salen cada vez más de la jungla y se abalanzan sobre la niña, así que de buenas a primeras son una manada amenazadora mordisqueando su carne y está muerta de miedo, sobre todo, si tiene resaca. El paralelismo está claro.

Hay muchas formas de quitarse de encima a los vendedores de entradas, pero casi ninguna de ellas funciona. Puedes tomar la típica opción de sonreír, decir que no y darles las gracias por la oferta (sí, alguna es tan interesante como un horario de trenes) o hacer lo siguiente:

Engánchalos por la cintura y bésalos apasionadamente. Te denunciarán por acoso y te expedirán una orden de alejamiento, por lo que no podrás estar a menos de 10 metros de ellos (de ese modo, tendrás 10 metros despejados por decisión propia, ¡bobos!). Hay una remota posibilidad de que estén dispuestos a seguirte el rollo, en cuyo caso, probablemente tendrás que apechugar pase lo que pase, quiero decir que estamos en Ibiza, ¿no?

Si esto te parece algo un poco fuera de lo común, entonces un intenso bronceado es tu mejor defensa. El otro día estaba tumbada en la playa junto a una pareja de copitos de nieve y puse la oreja mientras les asediaban promotor tras otro, ya que su reflectante blanco nuclear les hacía destacar cual jugosa carne para voraces depredadores. Cuanto más bronceado estés, más probable será que te tomen por alguien que trabaja en la isla y, por tanto, te identifiquen como pobre e inflexible.

Realmente la situación ha ido demasiado lejos. Compadezco a los vendedores de entradas frustrados y que se aborrecen a sí mismos, y tengo respeto profesional por los chupasangres que triunfan, pero aun así me gustaría que salieran de mi vida muy rápido y mediante cualquier medio. Puede que sea una postura un poco incendiaria, pero es necesario tomar medidas drásticas pronto y si hace falta cierto grado de cloroformo, que así sea.

Lo irónico del asunto es que pese a que he puesto todo mi empeño, mis ahorros se van persistentemente por el desagüe y más o menos en un mes probablemente me tenga que sumar a los amables buitres para tratar de ganarme el sustento a base de ir en busca de grandes grupos de turistas achicharrados por el sol. Ya oigo la llamada de los buitres... Vienen a por mí…

…“¡UNO DE NOSOTROS. UNO DE NOSOTROS!”

Podría estar bajo tu cama ahora mismo.


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